I RUTA EL SAUCEJO-SÁHARA
El pasado jueves 24 de junio, por la mañana, iniciamos el primer viaje de ayuda humanitaria de El Saucejo al desierto del Sáhara. Cruzamos Marruecos de norte a sur, hasta la frontera con Argelia, unos 800 kilómetros.
Fleky, Cervera y Nasser
La idea partió de nuestro paisano Fleki, que como muchos sabéis, en la actualidad se encuentra trabajando en la ciudad de Melilla. Allí conoció a algunos saharauis que le hablaron de la cruda realidad de la vida del desierto, así como algunos compañeros que habían visitado el lugar en viaje turístico y también se percataron de la precariedad de los que allí intentan sobrevivir.
Decidió que podíamos hacer un viaje a la zona, pero aprovechándolo para llevar alimentos a los más necesitados del lugar. Sin dilación se puso en contacto con el Ayuntamiento y con distintas asociaciones de nuestro pueblo que se comprometieron a colaborar en la recogida o haciendo directamente su aportación en alimentos.
El citado día 24, en el Parque de Bomberos, que había sido utilizado como almacén de los alimentos donados, se procedió a cargar un vehículo todoterreno, con unos 800 kilos de alimentos de primera necesidad: legumbres, azúcar, arroz y harina. Estos alimentos fueron donados por particulares por medio de los niños que llevaron sus aportaciones al colegio y al instituto, así como entregándolos en el Ayuntamiento o en el Parque de Bomberos. También hicieron entrega, en cantidades importantes, colectivos como la Hermandad del Cristo de la Sangre, la asociación de mujeres Los Sauces Sevillanos, el motoclub Las Záguilas y el propio Ayuntamiento.
Ese mismo día se partimos para el puerto de Málaga, donde embarcamos rumbo a Melilla. Llegamos allí por la noche y a la mañana siguiente se le hicieron unos arreglos al vehículo, se pasó parte de la carga, que era excesiva a otro todoterreno que había sido cargado con más alimentos que habíamos comprado en Melilla, como leche en polvo que aquí no encontramos, además de lo donado por algunos comerciantes y, siendo ya las cinco de la tarde, iniciamos el camino hacia el desierto del Sáhara con dos todo terreno y dos personas por vehículo.
Tuvimos la mala suerte de que nada más iniciar el trayecto, se averió el segundo vehículo y de nuevo tuvimos que pasar la carga al primero, por lo que ya llevaba una carga excesiva, además de agregarse con nosotros uno de los tripulantes del otro vehículo, Nasser, que siendo natural de Melilla sería nuestro intérprete de árabe. De esta guisa, con un todoterreno sobrecargado y con tres personas para dos asientos útiles, reiniciamos el viaje.
Dada la carga del vehículo y la mala calidad de las carreteras, no podíamos ir a más de 80 kilómetros por hora. Así anduvimos unos 400 kilómetros, más o menos la mitad del camino cuando, en las cuestas de Errachidía (lo supimos después), sobre las cinco de la mañana, un ruido fuerte y seco precedió a la parada del motor, dándonos el tiempo justo a salirnos a un rellano junto a la carretera. Intentamos arrancar, pero ya el motor no respondió, hasta allí había llegado. Después de haber hecho muchos kilómetros sin pasar por pueblo alguno, ni siquiera verlo, nos vemos de madrugada, con el coche estropeado y sin un alma por la zona. Cuando amaneció, pudimos ver que nos habíamos quedado al lado de una pequeña aldea y desde allí empezamos a gestionar la reparación del vehículo, que no siendo ésta posible, optamos por enviarlo con una grúa de vuelta a Melilla, junto con Nasser, nuestro tercer tripulante.
En esto que nos encontramos el amigo Fleki y yo, en la mitad del camino, faltándonos otra parte para llegar, con unos 800 kilos de comida y sin vehículo para trasladarla. Nos pusimos a negociar con los vecinos de la aldea, y después de mucho tira y afloja, pudimos contratar a una furgoneta con conductor que nos acercara a nuestro destino, por un precio aceptable.
Sobre las 7 de la tarde del día 26, no sin dificultades, llegamos al desierto, al filo de las mismas dunas, en la zona de Merzouga, a un albergue llamado Amazir que nos habían recomendado por barato, por hablar español y porque su dueño podría ayudarnos a hacer el reparto de los alimentos a los más necesitados. El siguiente obstáculo sería vernos en el alberque con la habitación llena de paquetes de legumbres y que el dueño se había marchado al norte de Marruecos, ya que en el desierto, para los albergues era temporada baja motivada por el excesivo calor.
Nos fuimos a buscar turistas que con sus todoterrenos nos quisieran ayudar a hacer el reparto, puesto que para ello era necesario adentrarse en el desierto en busca de las tribus nómadas que eran las más necesitadas, ya que los habitantes de las aldeas limítrofes con el desierto, sin estar sobrados, tenían lo suficiente para sobrevivir, especialmente debido al turismo. Sin embargo los pocos turistas que encontramos no tenían vehículos apropiados y empezamos a buscar otras soluciones, como alquilar uno, por otro lado excesivamente caro ya que las empresas de alquiler saben que al ser para el desierto, sólo lo alquilan los turistas y además para maltratarlos. Otras opciones eran el alquiler de camellos, que aunque más baratos que los todoterreno, si que necesitaríamos mucho más tiempo, o el de los quad, con el problema de que no podrían con toda la carga, en fin problemas que no falten.
Cuando empezaban ya a fallarnos las fuerzas, al llegar al albergue a mitad del segundo día que estábamos allí, sin poder encontrar a nadie que nos ayudara al reparto, vemos como en la puerta estaba estacionado un magnifico todoterreno Toyota, de estos preparados para el desierto. Al entrar, una persona, en perfecto español pregunta por nosotros y nos dice que se llama Yusef, es el hermano del dueño del albergue y que los empleados les han contado nuestra historia y se dice dispuesto a hacer el reparto con nosotros, en su coche y de forma altruista, nos confiesa que es la primera vez que ve que alguien vaya a su tierra cargado de ayuda para los necesitados, allí, dice, lo que suelen ir son turistas a hacer saltar sus vehículos por las dunas. Yusef trabaja cada año en el Paris Dakar llevando asistencia y además lo contratan las aseguradoras para encontrar y rescatar a turistas que se pierden en el desierto, por lo que lo conoce como la palma de su mano, y así lo demostraría más adelante.
Después de comer cargamos toda la mercancía en el todoterreno y empezamos la travesía por el desierto, que nos dijo teníamos que adentrarnos unos 100 kilómetros en éste, junto a la frontera con Argelia, para llegar a las personas que verdaderamente estaban necesitadas. Así lo hicimos y al cabo de un rato estábamos dejando pequeños montones de comida y alguna ropa junto a chabolas y jaimas dónde vivían de forma aislada familias nómadas, que estaban todo el año de un lado para otro del desierto, buscando dónde hubiese algunas briznas de pasto para dar de comer a unas cuantas cabras, de las que vivían y de lo poco que aprovechaban de la tierra. Esta gente vive con lo indispensable, una choza (jaima) portátil, unas pocas prendas, que llevan puestas y unas pocas cabezas de ganado. Si el año viene bien, pueden ir sobreviviendo, si no, la supervivencia va al límite. Agradecen el gesto cien veces, no piden ni un paquete más de los que les entregamos y siempre te ponen lo que tienen, un té al que algunos acompañan con unos pocos frutos secos y hasta en un caso nos pusieron galletas, que tenían guardadas desde no se sabe cuándo, cuán tesoro, para agasajar a los visitantes.
Después de muchas familias visitadas, repartidas por la zona, anocheciendo ya, soltamos los últimos paquetes a una mujer, abandonada de su marido y con varios niños a su cargo, que lo estaban pasando verdaderamente mal. Regresamos bien entrada la noche al albergue, con la sensación de que por fin algo nos había salido bien y de haber cumplido con la tarea que nos habíamos propuesto cuando empezamos el viaje.
Agradecimos lo bien que se había portado con nosotros nuestro guía Yusef y los empleados del alberque, que aquella noche nos agasajaron con una cena y un recital de canto acompañado con los pequeños tambores típicos, y al día siguiente, temprano, estábamos negociando con el propietario de una pequeña furgoneta para que nos acercara a la estación de autobuses más cercana, a unos 40 kilómetros. Sobre las dos de la tarde llegamos a la estación da autobuses de Rissani, hacía mucho calor y la estación resultó ser sucia y maloliente, pero allí teníamos que esperar a las 6 de la tarde a que saliera un autobús que, en eso tuvimos mucha suerte, unía esa ciudad con Nador (junto a Melilla) en unas trece horas. A las seis y cuarto de la tarde, después de varias noticias y desmentidos sobre si salía o no el autobús para Nador (nos cambiaron el billete hasta tres veces, para otras tantas rutas), pudimos subir a un destartalado autobús, repleto de parroquianos que, aunque preparado para aire acondicionado, o sea, con las ventanas fijas, el aire solo entraba por las dos pequeñas trampillas del techo, flama de las altas temperaturas del exterior, teniendo la sensación literal de haber entrado en una sauna.
Trece horas parecen muchas horas, incluso cuando viajas con comodidad, aquello era otra cosa. En cada pueblo paraba, subiendo todo el que tenía billete, como en los autobuses urbanos, sin tener en cuenta las plazas libres, por lo que iban siempre personas sentadas en los pasillos y escalerillas. Después de tres averías y mil y una paradas, sin más incidencias llegamos a Nador sobre las siete y media de la mañana. Desde allí un taxi con siete personas hasta la frontera con Melilla y fin del viaje.
Complicado y emocionante el viaje que tuvimos, pero sobre todo satisfechos de que después de las dificultades, al final pudiésemos cumplir con la tarea en la que nos comprometimos con los particulares y asociaciones de El Saucejo que hicieron su aportación solidaria y que pueden estar tranquilos que la ayuda llegó, porque la entregamos en persona, a los más necesitados.
Agradecemos muy sinceramente su ayuda a todos los que han colaborado, a los compañeros del Parque de Bomberos y a todos los particulares y asociaciones citadas al principio, el esfuerzo que han hecho con su aportación solidaria para mejorar la situación de otros que están necesitados de casi todo. Aunque no podemos resolver los problemas del mundo, siempre es loable que haya gente que al menos intenta mejorarlo, en la medida de sus posibilidades. Gracias a todos.
Por último, no quisiera terminar sin hacer un reconocimiento personal al artífice de la idea, a mi compañero de viaje, Fleki, aunque sé que no es amigo de lisonjas y no hace las cosas para buscar agradecimientos, sino por buena voluntad. Pero es de justicia hacerlo ya que la mayoría del esfuerzo ha recaído sobre él, ha tenido que dedicarle mucho tiempo y trabajo a este proyecto, teniendo incluso que cuadruplicar sus turnos de trabajo para poder hace hueco para el viaje. Durante el mismo, siempre llevó la iniciativa, nunca se amilanó ante las dificultades, que aunque muchas, siempre tenía preparado no ya un plan B, sino el C y el D, por si acaso. Su meta era cumplir el compromiso que habíamos contraído, que no era otro que hacer entrega, en persona, de lo que nuestros paisanos, con su esfuerzo, nos habían entregado para otros más necesitados. Yo sólo me limité a acompañarlo y ayudarlo. Él es lo que los árabes denominan un “corazón blanco”, persona con buen corazón que ayuda a los demás sin esperar nada a cambio.
Gracias hermano.
Cervera.




































Me parece genial lo que habeis hecho, SOIS GRANDES
Me parece un viaje lleno de aventuras, con momentos realmente preocupantes, pero de lo más gratificante. Seguro os ha servido para engrandecer vuestra ya grande y maravillosa personalidad.
Mucha gente como vosotros hace falta en este mundo .
un abrazo a los dos.
Sois campeones! Bonito, que en estos tiempos hay caballeros que hacen adventuras y ayudan al humano. Un abrazo fuerte, ale
Esa son las cosas dichas y jhechas!!! (y sin tonterías)
FELICIDADES! Enhorawena!… Gracias
COJONUDO ” FLEQUI ” Y COMPAÑEROS, PONTE EN CONTASTO COM MIGO SUERTE
hola,te felicito por la gran labor que has hecho, de tu abuela que te quiere mucho.Besos.